Hoy se ponía punto y final a
una temporada larga, comenzó a mediados del mes de Agosto con aquel partido en
el Ciudad de Valencia y acabó también fuera de casa, concretamente en La
Romareda, entre medias hemos vivido un montón de emociones, el Atleti de Simeone
barrió -literalmente- al campeón de la Champions en la final de Mónaco, demostrando
que un buen planteamiento es capaz de desarbolar a un equipo tan rocoso como el
Chelsea, y dejando Falcao a media Europa impresionada con un hat-trick de
leyenda.
Ahí no acabaron las cosas,
pese a un empate inicial poco esperanzador, después se encadenaron una serie de
victorias consecutivas que nos lanzaron a rivalizar con el Barcelona por la
primera plaza hasta el mes de Noviembre, entre tanto el Real Madrid entraba en
combustión llegando a dar por perdida la competición en dicho mes, por primera
vez en años se llegaba a un derby a mitad de temporada con la certeza de que se
ganase o se perdiese, seguiríamos por delante... en fin, luego pasó lo que pasó,
pero ya es historia. Como el record de puntos rojiblancos en una primera vuelta
para enmarcar, después se afearía la cosa en una segunda vuelta mucho más
discreta, pero daba igual, la mirilla estaba apuntando a una Copa del Rey que
un sorteo benévolo nos ponía en bandeja.
Evitando al Barcelona y
Madrid hasta la final era una gran oportunidad para colarse en la fiesta, tan
sólo había que solventar los partidos ante un Betis y Sevilla que plantaron cara,
unos más que otros. Sin embargo, Diego Costa supo vacunar como es debido a los
rivales.
Con la tercera plaza en el zurrón
se llegó a una final en la que pocos contaban con una victoria rojiblanca, yo
me incluyo entre ellos y no me sonrojo por no creer en el equipo, después de
tantos años de ilusiones rotas, de "casis", de injusticias
perpetradas por un trencilla cabroncete, de balones que se estrellan en los
palos, de paradas imposibles de un portero merengoso... llegó la revancha
perfecta, en el mejor escenario posible y con los focos del mundo entero
apuntando. Ahora éramos nosotros los beneficiados por los palos, los que tenían
al portero convertido en un muro infranqueable, los que no se desquiciaban por
las decisiones arbitrales y, también, los que contaban con ese puntito de
fortuna necesario para desequilibrar el marcador.
Miranda nos enseñó a
desterrar los fantasmas del pasado, a mirar al futuro con esperanza y creer
otra vez que un derby son once contra once y que no siempre ha de ganar el de
blanco. En realidad todo eso lo hizo el Cholo, el especialista en finales, el
brasileño sólo fue el ejecutor, junto al resto de un equipo impecable.
Con todo acabado, los dos
partidos de liga eran algo circunstancial, un trámite a cumplir. Mallorca y
Zaragoza se jugaban la vida en el envite, nosotros sólo la honra. Los insulares
no pudieron pasar de un triste empate que no les ha servido para salvarse (de
ganar sí lo hubieran hecho), y los maños directamente perdieron fruto del
desquiciamiento de saberse en Segunda sin poder hacer nada para evitarlo. El
Celta ganaba su partido como prácticamente toda España sospechaba antes y, de
tal forma, daba igual qué hiciesen tanto Zaragoza como Mallorca, ambos
descendidos.
El que sí dependía de sí
mismo era el Deportivo, de ganar inhabilitaba la victoria celeste, pero para
ello había que ganar a una Real Sociedad que se jugaba nada más y nada menos
que disputar la Champions. Los donostiarras ganaron el partido esperando que el
Valencia pinchase en Sevilla como así sucedió, los palanganas comenzaron
perdiendo y acabaron marcando cuatro goles (Negredo todos) a un equipo ché que,
dicho de paso, no se había merecido entrar en la Champions tras una irregular
temporada (sólo estuvieron en la cuarta plaza en la jornada 37).
En fin, aquí acaba una
temporada de emociones y títulos, con la Champions como premio liguero y la
necesidad de rearmar un equipo para semejante batalla. Habrá que hacer bien los
deberes en verano con el dinero de Falcao.