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Regreso a lo campeón

Artículo cortesía de Harry Osborn

Los aficionados a los tebeos del trepamuros en la década de los 80 recordarán a Estige. Su mera apariencia, con el pelo grasiento, el rostro flaco, la mirada maliciosa y las uñas larguísimas, causaba por sí misma un profundo desagrado, que aumentaba hasta límites insospechados al conocer la peculiaridad del sujeto: pudrir todo aquello con lo que tiene contacto. Decididamente, cuesta encontrar un personaje que represente mejor al clan Gil, en particular en su relación con el Atlético de Madrid.

Debido a esto me mostré reticente cuando se habló de la posibilidad de que el Balonmano Ciudad Real pasase a vestir de rojiblanco, completando una inesperada (no por ello menos deseada) resurrección. En manos de semejante gentuza, una nave tan bien construida y dirigida con tanto acierto podría irse a pique a las primeras de cambio. Aunque prometieran no interceder de forma directa en la gestión (no cabe duda de que el pastel en forma de comisiones es menor), desconfiaba del poder corrosivo gilesco, como lo hubiera hecho de Estige. Ya supuso un mal trago para mí la desarticulación de la sección original. Aficionado desde pipiolo al balonmano, aún doy un respingo cuando escucho a un narrador (”¡A la madera!”); mi mente evoca épocas pasadas, los recuerdos afloran y la nostalgia me invade.

Hoy estuve en Vistalegre, pese a todas mis cuitas. Asombrado por la cantidad de aficionados que parecían haber aguardado con ansia este resurgimiento. Recorría mi cuerpo un cosquilleo, me hallaba emocionado, haciendo paralelismos sin cesar con un tiempo medio olvidado, incrédulo por volver a notar sensaciones que jamás pensé volvería a experimentar. Qué orgullo ver la zamarra rojiblanca una vez más. Las fintas de Markussen, el rutilante fichaje, me encontraron levantado del asiento, dejando de lado la compostura, embargado por el momento y presa de la excitación. Los seis goles del coloso Aguinagalde, frente a la impotente defensa blaugrana, más la picardía de Lazarov, más el coraje de Sterbik, más Hombrados, siempre Hombrados, desde el banquillo… Y al final, el éxtasis, la victoria contundente e inapelable, el trofeo que viaja a las vitrinas colchoneras, como si nada hubiera ocurrido, como si Juan de Dios, Cecilio, Mateo, Julio y los demás nunca se hubieran marchado.

El peligro cáustico del clan Gil sigue ahí. Nada va a hacer cambiar a esa panda de aprovechados, que vendieron y venderán lo más sagrado del patrimonio si el negocio lo requiere. Estige está al acecho. Mas es posible que, después de todo, merezca la pena correr el riesgo. Aunque sólo sea para volver a ser, por unos instantes, aquel chaval que en un inhóspito polideportivo, con una pelota destrozada, trataba de imitar a sus héroes de la cancha, rememorando hazañas deportivas, hechas del mismo material con el que se fabrican los sueños.